Uno de cada cinco femicidas se suicidó tras asesinar a su víctima

Según estadísticas de La Casa del Encuentro, una organización civil que desde 2008 lleva un registro de los femicidios cometidos en el país, entre 2018 y 2020 hubo 872 crímenes de género contra mujeres, trans y travestis, y 159 de esos asesinos se quitaron la vida después de perpetuar esos delitos. Es el 18% de los casos: uno de cada cinco femicidas.

Entre enero y febrero de este año, según esa misma organización, hubo 51 femicidios y se suicidaron 8 de sus autores. En los tres días que lleva marzo se suicidaron otros dos femicidas. A la vez, entre 2008 y 2017 fueron asesinadas 2.679 niñas, mujeres, trans y travestis en el marco de crímenes de género: 502 de los autores de esos femicidios se suicidaron. La proporción es muy cercana a la de los últimos años: se trata del 19% de los casos.

La Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema de Justicia de la Nación fue el primer organismo del Estado en llevar un registro de femicidios en la Argentina. Ocurrió después de que empezaran a llevar la cuenta las organizaciones civiles, y por no ser posible la acción judicial, esa dependencia no contabilizaba los casos en los que el femicida se había suicidado: la víctima quedaba invisibilizada en el seguimiento público.

“La dominación es una característica común en los femicidios. Por lo tanto, podría parecer hasta ‘lógico’ que para los violentos el derecho de quitarle la vida a quien está dentro de su patrimonio (de allí la idea del ‘patriarca’) se le represente como una opción viable, especialmente si su poderío se encuentra debilitado como podría ser en el caso de una separación, un divorcio, una notificación de juicio por derecho de alimentos, el inicio de una nueva relación por parte de su ex pareja, la notificación de una orden de prohibición de acercamiento o exclusión del hogar, entre otras posibilidades”, describe Ada Rico, titular de La Casa del Encuentro.

“El agresor tiene una obsesión con la mujer a la que agrede, a la que considera un objeto personal, ejerciendo esa dominación hacia sus parejas, hijas e hijos con agresiones físicas, o con amenazas y descalificaciones, estableciendo una relación de dependencia, intentando cercarla en una red de control y sometimiento”, sostiene Rico, y suma: “En una última demostración de todo el poder que tiene sobre ella la asesina y un alto porcentaje se suicida. Su vida pierde sentido porque ya no hay objeto al que perseguir y se siente incapaz de enfrentar la realidad de ser un femicida. No por estar arrepentido, ni sentir culpa, ni por sentir temor a una condena social, o penal”.

“Lo cierto es que desde lo legal estos femicidios quedan impunes, porque el Código Penal de la Nación entiende que la acción penal se extingue por la muerte del imputado, lo que trae como consecuencia que la causa finalice. Lamentablemente, esta resolución judicial resulta ‘poco’ para familiares, amigas y amigos de la víctima, y la sensación de injusticia no logra sanarse a pesar del tiempo. Cuando un hombre violento comete un femicidio y luego se suicida, la sensación para quienes quedan se asimila a lo inconcluso, algo trunco y sobre todo sin solución”, concluye Rico.